27.10.06

Caras viejas

Que curioso es encontrarse con viejos amigos. Aún recuerdo cuando pasábamos nuestras horas juntos, como dos jovenes inquietos, con la risa fácil a cualquier acontecimiento que pudiera suceder a nuestro alrededor, siempre dispuestos a comentarios jocosos y demasiadas veces rodeados de humos espesos. Esa fue nuestra juventud, soñando con la chica de 2º de BUP, descubriendo poco a poco lo que la vida nos iba mostrando, saliendo del caparazón y ansiosos por saber más. Recuerdo un parque, junto a él, sentados durante horas sin que el aburrimiento nos visitara. Era todo demasiado nuevo.
Poco a poco nos convertimos cómplices de nuestra propioa historia. Él se convirtió en dueño del recuerdo de mis años y yo de los suyos. Una etapa.
Luego, como por arte de máiga, cada uno siguió su camino. Sin saber muy bien como la circunstancia nos separó.
Ayer, después de muchos años, mientras vagabundeaba por Apolo esperando el concierto de un viejo Jamaicano, con una cerveza en la mano, me choqué con él. Fue un regreso instantáneo a aquellos años, como una máquina del tiempo. No había cambiado nada. Ráipdamente volvimos a charlar como antes, volvieron los comentarios jocosos sobre lo que sucedía a nuestro alrededor. Nos sentamos en Nou de la Rambla y nos metimos dentro de nuestros recuerdos, nuestras aventuras, nuestras ilusiones de antes. La noche pasó entre risas y cervezas. Finalmente el viejo Jamaicano finalizó su concierto sin que lo hubieramos visto, pero no importaba, porque esa noche la dedicamos a nuestra vieja amistad.

26.10.06

el Burro y la Zanahoria


Destino.
Como un burro frente a una carretera, así es como te coloca la vida para que avances sobre tus propios pasos, o sobre sus propios pasos, los de la vida. A veces tan feliz, a veces tan triste, no importa que lo agarres fuerte, el destino siempre trae consigo otras cosas.
Como un burro sin elección, frente a una carretera, así es el juego burlón de la vida, así es como hay que vivirla en realidad, intentando atrapar la zanahoria pasito a pasito.
El burro no se queja, simplemente avanza.
Yo si me quejo, pero también soy burro y por eso quiero la zanahoria.
Recuerdo sorpresas gratas que me dió la vida, recuerdo haber pensado:
- Que bien que conseguí tal cosa.
Que burro, yo no lo elegí, fue el destino.
Así que paso a paso, como un burro, hay que intentar atrapar la zanahoria.

Con todos mis respetos hacia los burros



Y por cierto, si consigo atrapar la zanahoria... qué pasará?
Que burro vuelvo a ser... solo el destino lo sabe.

17.10.06

Tiempo sin tiempo

El camarero le grita al jugador:
-Dobla! Dobla!
Mientras tararea detrás de la barra una canción en francés que no llego a entender. Las monedas que no caen de la máquina tragaperras, hacen cada vez más pobre al jugador que sigue insistiendo en su suerte, que no acaba de llegar. Permanece impasivo, no muestra ninguna señal de derrota y vuelve a alimentar la máquina con algunas monedas.
-Gane mi querido amigo! Siempre llega, tarde o temprano! Está al caer, lo presiento!
El camarero le invita a una copa de vino para que no sea tan amarga la tarde.
El bar es largo, estrecho, oscuro. Estoy sentado en la parte final, justo detrás del jugador que sigue relajado.
Las paredes están repletas de mujeres semi desnudas, una ardilla al final de la barra, disecada. Me mira con pena, pequeña e indefensa al tiempo, no como esas mujeres, que me excitan con su sensualidad. Huele a alcohol, a humedad, a madera vieja pero hay algo de este lugar que me reconforta.
Un cliente se acerca al jugador y le aconseja cual sería la mejor jugada. No contesta. Ni siquiera parece que lo haya escuchado. Sigue alimentando la máquina sin signos de resignación. Toma de su vino.
Suena un teléfono. El jugador saca del bolsillo un pequeño móvil y desaparece momentáneamente por la puerta de la entrada. Puedo verlo hablar en la calle. Su máquina sigue girando delante de mí.
Sigue girando.
Gira.
Nadie se da cuenta.
Pero sigue girando
De repente, la máquina, entona una canción de victoria, miles de luces parpadean nerviosas frente a mí. Caen las monedas a decenas. Todos se giran y miran la máquina
-Volià!
El camarero sacude su trapo y se lo cuelga en el hombro.
El jugador escucha el incesante chorro de monedas y se acerca tranquilo a la máquina. Coge alguna de ellas, pide otra copa de vino al camarero, que le pica el ojo felicitándolo y sigue jugando.
Descubro lo que me atrapa en este bar. Es como si todo estuviera escrito y no hay lugar para las sorpresas. Esa máquina y el jugador se deben conocer desde hace muchos años, ese camarero no cambia nunca sus frases. Es una tarde repetida. El jugador sabía lo que pasaría, todos lo sabían. Es una seguridad que me tranquiliza, es un guión escrito en el que no hay fallos y todos parecen conformarse desde hace ya muchos años dentro de ese bar.

Soldado



El soldado de plomo lucha por tener alma.

Alza el fusil al cielo,

dispara a la Luna

y le pide que llore y le pide que muera.

El soldado de plomo no tiene batallón

lucha solo por ella,

lucha sólo por ella.

La noche se pasea por su mirada fría

sin humedecer sus labios,

sin humedecer su vello

Soldado sin calor.

Soldado sin color

El soldado de plomo lucha por tener alma

Pero solamente sabe disparar

Pero solamente sabe matar.

9.10.06

Navegar



Tan opuestas y efímeras.
Tan sorprendentes y aterradoras.
Emociones.
Sensaciones.
Estados.

Esta es la pequeña historia de un niño que viajó aleatoriamente entre dos grandes mares. El Rojo y el Azul.


A Rodrigo le gustaba soñar, mirar al infinito y navegar por el gran mar azul. Podía sonreirle al techo de su habitación mientras discurría en su imaginar grandes aventuras y alegrías, pero el niño también tenía el don de navegar fustradamente por el gran mar rojo. Y ahí era donde Rodrigo sufría. Podía llorar sin motivo aparente a la realidad. Nadie sabía que lo hacía expresando la angustia del dolor de sus pensamientos.
Hacía años que no salía de su habitación, pues ahí le bastaba para vivir dentro de si. No tenía amigos con los que compartir sus aventuras, no tenía un hermano con el que correr por el parque y sus papás andaban demasiado ocupados en sus cosas de mayores.
Había adquirido la capacidad de navegar.
Y así fue como creció, inmerso en un mundo que solamente existía para él, en el que nadie podía entrar ni comprender, un mundo azul y rojo, complejo, hermético pero sobretodo intenso.
Pasaron los años y a Rodrigo le tocó soñar con el amor cuando sintió, desde la ventana de su habitación, como una chica lo miró desde la calle. Mantuvo la respiración durante los segundos que mantuvieron el contacto. No quería perderse ni una décima de segundo del presente. Su corazón se aceleró, quiso esconderse detrás de la pared, pero fue incapaz, no podía moverse.
Respiró, cerró los ojos y empezó a navegar.
El amor, el gran timón de su nave, la gran vela que mueve el viento, grandes horizontes por descubrir. Que feliz fue Rodrigo aquella tarde de otoño soñando con su Beatriz, a la deriba junto a ella por el mar azul, viviendo en ternunra, abrazados, amando sin palabras, solo con el corazón.
Al día siguiente, a la misma hora se acercó despacio a la ventana, miró cuidadosamente cada palmo de la calle. Quería seguir alimentando su historia de amor con una mirada. Beatriz no apareció.
Respiró, cerró los ojos y se puso a navegar.
Grandes vendabales le acecharon, lloró congelado por desamor, salpicado por la muerte de su amada, por la amarga soledad que sintió aquella tarde de otoño en la que cada suspiro era un agujero en su nave. Poco a poco, el agua iba adentrándose por las cavidades y ella no estaba ahí para taparlas. Poco a poco la noche cubrió de negro sus horizontes y poco a poco, se hundió por completo en las profundidades del gran mar rojo muriendo para siempre.

3.10.06

Ritmos frenéticos

1-

Rápido.
Es el adjetivo por excelencia de los que necesitamos de una ciudad.
Tarde, siempre tarde, corre, no llegas a tiempo. Cruza el semáforo en rojo y si chocas con alguien no mires atrás, sigue corriendo.
Así empieza mi historia de hoy.
Son las causas de una noche alborotada las que me agarran a la cama por la mañana. Intento desatarme de la almohada con gran esfuerzo, soltando gruñidos enfermos cuando veo que me he dormido.
La primera frase que aparece en mi cabeza al despertar: Es tarde.
Tengo cinco minutos para arreglarme, desayunar, fumar un cigarro, ponerle comida a mi gata, golpearme el dedo meñique del pie contra la pata de la mesa, buscar las llaves de casa, mi libro y salir. Olvidé el ventolín.
Tengo que llegar cuanto antes o todo habrá acabado.
Bajo los seis pisos saltando los escalones de dos en dos, evito el operario del nuevo ascensor que están colocando en el viejo edificio de Sants, salgo a la calle. La luz del sol me cega por completo. Achico los ojos casi en su totalidad. El chino de la esquina que anda en bicicleta me saluda airosamente. No lo conozco. Parece que a él también le ha cegado el sol.
-Conichi wa, le digo.
Ando a paso muy, muy ligero, muy, muy ligero (repito) tragando el polvo de las obras de la calle. El ruido de las máquinas es desquiciante, más aún el vendedor de lotería que me grita salpicándome, que tiene el gordo para hoy.
Tengo que llegar

2.10.06

El bosque desencantado

"Hay algo más importante quela lógica: es la imaginación"
Alfred Hitchcock



En el bosque desencantado los gnomos ya no se esconden de nadie, suspiran sueños que vuelan al anochecer. En el bosque desencantado las doncellas, ya no esperan a su príncipe azul, se resignan a vivir como ranas en el pantano de barro.
Las brujas no preparan nuevos conjuros.
Los dragones no escupen fuego.
La perdiz no teme ya un final feliz.
Ya se pudrieron todas las manzanas y la mágia dejó paso a la realidad.
Pero gnomos, doncellas, brujas, dragones y perdices seguirán suspirando, hasta que algún cuento nos demuetre, que aún está permitido soñar.